En muchos centros de trabajo se han normalizado los gritos, los insultos, las burlas o las expresiones despectivas. A veces se presentan como bromas, como una forma de dirigir al equipo o, sencillamente, como “el carácter” de una persona. Pero que una conducta sea habitual no significa que sea aceptable.

No toda discusión puntual ni toda palabra desafortunada constituye acoso laboral. Sin embargo, cuando los comentarios ofensivos son reiterados, buscan humillar, intimidar, aislar o desacreditar a una persona y terminan afectando a su dignidad, su salud o su rendimiento, podemos encontrarnos ante una situación de mobbing.

Las palabras deben valorarse dentro de su contexto. No tiene el mismo significado una discusión aislada que una sucesión continuada de desprecios como:

  • “No sirves para nada”.
  • “Eres un inútil”.
  • “¿Acaso no entiendes?”.
  • Burlas constantes sobre las capacidades de la persona.
  • Gritos o insultos delante de compañeros o usuarios.
  • Amenazas, descalificaciones o críticas desproporcionadas.

También importa quién pronuncia esas palabras, con qué frecuencia se repiten, delante de quién se dicen y qué consecuencias provocan.

El problema aparece cuando estas conductas dejan de ser hechos aislados y se convierten en una herramienta para degradar, controlar o excluir a alguien del entorno laboral.

Otras conductas que pueden acompañar al acoso

El mobbing no se limita a los insultos. Puede manifestarse mediante diferentes actuaciones:

  • Desvalorizar continuamente el trabajo realizado.
  • Ignorar o aislar deliberadamente a la persona.
  • Retirarle funciones sin explicación.
  • Asignarle tareas absurdas, humillantes o imposibles.
  • Difundir rumores sobre ella.
  • Criticarla constantemente sin una razón objetiva.
  • Amenazarla o intimidarla.
  • Ocultarle información necesaria para realizar su trabajo.
  • Intentar provocar errores para poder sancionarla.

Estas conductas pueden producirse de superiores hacia trabajadores, entre compañeros o incluso desde un grupo hacia una sola persona.

Consecuencias para la salud

Sufrir una situación continuada de hostigamiento puede provocar ansiedad, estrés, insomnio, miedo a acudir al puesto de trabajo, pérdida de autoestima y dificultades de concentración.

También puede afectar al rendimiento profesional, causar bajas laborales y deteriorar las relaciones personales y familiares. No se trata de que la persona afectada sea “demasiado sensible”. La exposición continuada a un entorno hostil puede tener consecuencias reales y graves.

Documentar lo sucedido

Ante una posible situación de acoso es importante registrar los hechos de manera clara y ordenada:

  • Anotar fecha, hora y lugar de cada incidente.
  • Escribir qué ocurrió y qué palabras se pronunciaron.
  • Identificar a las personas presentes.
  • Conservar correos, mensajes y comunicaciones internas.
  • Guardar cuadrantes, cambios de funciones o sanciones relacionadas.
  • Solicitar por escrito las explicaciones o instrucciones importantes.
  • Conservar informes médicos si la situación afecta a la salud.

La documentación debe ser precisa y objetiva. Resulta más útil describir exactamente lo ocurrido que utilizar valoraciones generales como “siempre me trata mal”.

La persona afectada puede comunicar la situación a sus representantes sindicales, al comité de empresa, al servicio de prevención, a recursos humanos o a la dirección de la empresa.

También puede ser conveniente solicitar asesoramiento jurídico o sindical para valorar qué medidas deben adoptarse en cada caso. Cuando existe afectación emocional o física, es recomendable acudir a un profesional sanitario.

Nadie debería afrontar estas situaciones en soledad. Callar por miedo a represalias suele permitir que el problema continúe y se agrave.

El respeto forma parte del trabajo

Un entorno laboral digno no exige que todas las personas se lleven bien, pero sí que se traten con respeto. La autoridad, la presión o las dificultades del servicio nunca justifican los insultos, las humillaciones ni las amenazas.